TIO CELO, 100 AÑOS EN EL HORIZONTE

Tengo la enorme satisfacción de presentar un escrito de calidad, elaborado por Carlos, sobrino de Cecilio Abela Deheza, en honor a su centenario aniversario. La calidad se manifiesta por el íntimo y preciso retrato de la personalidad de Tío Celo.

Carlos D. Mesa Gisbert Sexagésimo tercer Presidente de Bolivia

Carlos D. Mesa Gisbert
Sexagésimo tercer Presidente de Bolivia

Carlos

Por alguna razón tengo fijo en la mente el momento en que, en su consultorio de la calle Loayza esquina Mariscal Santa Cruz, colocaba sus manos casi hasta el codo debajo del agua transparente que caía abundantemente. Veo todavía el movimiento metódico que mojaba sus dedos, sus palmas y sus muñecas. Una operación concienzuda, pausada que –creo- retrata su espíritu. El espíritu del Tío Celo.

Más de una generación de niños, nosotros, sus hijos, sus sobrinos, tantos cuerpos pequeños atorados por la angina, víctimas de dolores esquivos, con ojos asustados, enfermos del estómago. Centenares de madres asustadas y esperando el diagnóstico al que apostaban toda su esperanza. Ahí aparecía su destreza como clínico. Porque, hay que subrayarlo, era un médico con una capacidad para los exámenes clínicos que sólo los linces o las águilas tienen en el mundo animal.

Cien años son muchos años, demasiados quizás, porque ponen a prueba una parte de la vida que –implacable como es- te coloca en el trance de la inermidad y amenaza con desdibujar lo que realmente fuiste. Por eso, en este siglo largo, intenso, fulgurante, sangriento, expresado tantas veces en las cenizas de los otros, hay que recordar por encima de todo a Cecilio Abela como un hombre que tenía –que tiene- un alma en la que se mezclaba el humanismo, la fe en la razón y un toque de profundo y coherente escepticismo sobre nuestro destino como país. Ha sido hijo de una Europa, en la que estudió su carrera, que se adentraba en la oscuridad de la guerra. Fue también hijo de una Bolivia que nunca daba el salto de modernidad que los espíritus positivistas de su tiempo esperaron. Quizás una de sus amarguras haya sido no ver la Bolivia que alguna vez soñó en su juventud. Pero con esa conciencia fue una persona plena, serena y honrada.

Cuando subíamos a trompicones las escaleras de la casa de la Capitán Ravelo, niños todavía, sabíamos que el Tío Celo era cosa muy seria. Con él no había chistes. Llegábamos a la puerta de arriba y abríamos con cuidado, podía estar allí. Tantas veces lo vi sentado en ese sillón orejero (o casi orejero) leyendo frente al retrato de la Tía Angelita (algo así como una imagen de princesa que ocultaba –salvo los ojos de intenso celeste- la verdadera personalidad sencilla y transparente de ella). Leía a Simenon, los policiales eran una de sus mayores debilidades literarias, y a los clásicos, y a los griegos, pero sobre todo a los franceses. Era un hombre más cercano al espíritu francés que al anglosajón. De algún modo, reflejaba lo que eran los médicos de su tiempo, los hombres más próximos al humanismo renacentista. No por nada eran los alquimistas del misterio de la vida. Fue curioso como se debe ser, ávido de saber como se debe ser.

Para nosotros el Tío Celo fue muchas cosas; un modelo de integridad, orden y disciplina, una palabra que sonaba a definitiva, un referente de equilibrio. Fue médico y amigo y consejero y confesor de mis padres, sobre todo de mi madre que lo tuvo siempre como un ancla en sus momentos de crisis personal.

Lo recuerdo entre brumas en la casa de la Cañada Strongest en “la Velocidad” (no me pregunten porqué mi papá le llamaba “velocidad” a la habitación que funcionaba como lugar de encuadernación), pegando con engrudo el lomo de un libro, escogiendo el material que cubriría las tapas, alisando las guardas, mientras mi padre sopleteaba los bordes de los libros ya terminados para darles ese toque “antiguo” que a él lo transportaban al siglo XVII o XVIII.

El tío Celo era el gran fotógrafo con su Leica y con su cámara oscura, el lugar mágico donde las imágenes cobraban vida. Era también quien capturó el pasado virreinal boliviano del que mis padres escribieron tanto. ¿Qué hubiera sido nuestra familia sin ese referente en tantas dimensiones?

El Tío Celo era lo contrario de la estridencia, era en muchos sentidos la sabiduría, la moderación, aunque siempre me quedó la sensación de que marcaba claramente una fría distancia.

La Paz, julio 1999 Solario de Capitán Ravelo

La Paz, julio 1999
Solario de Capitán Ravelo

Recuerdo una tarde de tormenta –quizás noviembre- muy oscura, allá por 1959. Yo tenía algo más de seis años. Tomábamos el te en la mesa adosada al comedor del piso bajo de la Ravelo, el del solario. ¡Qué tes!, las carnes frías eran lo mejor, las marraquetas crujientes y un yogur (entonces natural en envase de vidrio, de un sabor intenso que no me gustaba demasiado) y un café con leche en taza grande. “¿Quieres mermelada?” me preguntó. “Bueno…”, respondí. Me miró fijo y con ojos escrutadores, Yo no entendía nada. “¿Sí o no?”. “Sí, tío”, respondí en un hilo de voz. “¡Ah! Si me dices ‘bueno’, parece que me estás haciendo un favor, es de mala educación, cuando te pregunten algo contesta con claridad, sí o no, no respondas nada a medias”.

El Tío Celo cumple años, ahora 100, nada menos que 100, hoy 4 de julio. La tía Angelita los cumplía el 7 de julio, tres días después. Los cumpleaños de los dos se celebraban siempre en conjunto, reflejando algo que se veía en sus vidas. El y ella eran una sola persona. Cielito le decía la tía Angelita. Supongo que Celo viene de una deformación de Cielo. La Tía Angelita, una prolongación espiritual de la tía Pepita, “era” el Tío Celo, y él vivía sobre la roca que era ella. Todos supusimos que él se iría primero, pero la vida –neutra y brutal como es- decidió lo contrario. Pero -siempre hay una revancha- los dos vivieron juntos el tiempo más pleno de sus vidas. Ese tiempo es el tiempo perdurable que estará en su mente y que está en el corazón de sus hijos y que está en todos nosotros. La memoria, por suerte, nos permite conservar esas imágenes que fueron días y meses  años y décadas  y más de medio siglo. ¡Celebrémoslo! Celo y Angelita (o Guichi como diría mi papá) vivieron mucho, mucho juntos y sólo eso valió la pena.

Cuando la voz honda del Tío se escucha en sus delicadas grabaciones para su amiga Pepa Saavedra que ya ciega se podía perder en las brumas del negro, sabemos que detrás está un hombre que tenía convicciones y creía en cosas por las que apostó. Que el Gringo hiciese lo que él, beber de Europa y ser lo que hoy es. Los otros cinco son otras prolongaciones de Cecilio, quizás el Coqui el que más. Probablemente el Gordo esté más próximo a la sangre de su madre y el Richi y la Mangi y la Maricarmen como una particular combinación de Cecilio y Angelita en partes adecuadamente dosificadas.

Desde luego que no pretendo recordar esta última década de su vida. Me cuesta verlo y no quiero visitarlo, como me costaban tanto ver a mi padre, cuya energía parecía poder con todo y con todos, cuando en sus últimos años era un espectro de un espectro de sí mismo. Pretendo recordar la voz honda y pausada del Presidente vitalicio del Chocolate de Abela, que se apagó como una vieja y hermosa vela a la que se le acaba el sebo después de seis décadas ejemplares, tras la muerte de la Tía Angelita y esta convalecencia tan dura de su Presidente.

Cuando terminaba de lavarse las manos como sólo él podía hacerlo, comenzaba a usarlas para la acción más extraordinaria que le pueda tocar a cualquier ser humano; curar las dolencias del cuerpo de las vidas que nacían y muchas veces ayudar a cerrar las cicatrices del alma de las vidas que bregaban en su tránsito cotidiano por este mundo.

Cecilio Abela, creo, no era un hombre religioso. No necesitaba serlo. En su vida hizo más que muchos cumplidos fieles de una iglesia católica o de un servicio cristiano. Era, como creo que se debe ser, un humanista. El prójimo no fue para él una entelequia celestial, sino lo que es, el prójimo, el que está a tu lado y por el que sí vale la pena vivir.

La Paz, 4 de julio de 2013″

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