100 años son nada

Esta preciosa semblanza del Dr. Cecilio Abela Deheza compuesta por su sobrino y periodista Francisco Sebastián Abela merece la pena retenerla en el recuerdo. ¡He descubierto algo excepcional! Paco no es sólo periodista, ¡es un trovador!

Dr. Cecilio Abela Deheza

“Constituye, sin lugar a dudas, el paradigma de una referencia familiar allá donde las haya. La centuria vivida por un integrante de cualquier núcleo familiar, sugiere siempre un homenaje por la gracia que la naturaleza le concedió al pertenecer a un selectísimo grupo que puede llegar, en tiempo de descuento, a exprimir hasta la última gota de una vida plena.

Quienes estamos en deuda eterna con tío Celo por pertenecer a su muy cercana influencia familiar, habremos de mojarnos con homenajes circunstanciales que, de algún modo, acuñen un capítulo de una larga, interesante y emotiva historia de un siglo retaceado por tan solo un segmento de éste, que nos atañe a quienes hemos convivido parte de su dilatado periplo vital. He aquí mi pequeño aporte.

Narraba mi madre que su hermano Celito representaba para ella la autoridad funcional paterna, habida cuenta de la diferencia de edad entre el mayor y la menor de los hijos de Cecilio y Fanny. Mi padre, Jaime, corroboraba el aserto sosteniendo que para él era más difícil lograr el placet del doctor que el de don Cecilio a la hora de pretender a la benjamina de la saga Abela Deheza. Habido, que hubo finalmente, el permiso de Celo para el tradicional cortejo, el noviazgo fue consolidado sin mayores reparos y finalmente consagrado ante el altar.

1946-BodaSebastianAbela

1946-Boda Sebastian Abela

Papá y mamá procrearon 5 hijos y, aunque vivían en Oruro, en ocasión del nacimiento de cada uno de ellos mamá exigía que los alumbramientos se dieran en La Paz porque allí residía su hermano pediatra que sería el único a quien confiaría sus partos.

Jaime, Pili, Ceci, Paco y Josete vinimos al mundo en La Paz y fueron las manos de tío Celo, pero fundamentalmente su portentoso “ojo clínico”, los que nos brindaron la bienvenida y que durante todo nuestro desarrollo se mantuvieron abiertas, como tan acertados fueron sus diagnósticos y prescripciones en las infinitas consultas de mamá. Porque tío Celo no solo era el referente médico familiar, sino que también se convirtió en nuestro mayor y mejor preceptor social, sentimental, cultural y hasta religioso, de cuantos acudimos a él para sosegar perturbadoras inquietudes.

Estaciono mi memoria en el tránsito de mi niñez a la adolescencia y percibo los almuerzos sabatinos de la Capitán Ravelo. Casi siempre mi sitio en la mesa era frente a él, que se situaba longitudinalmente a la derecha de tía Angelita, que presidía la mesa, y franqueado por la abuela Fanny a su otro costado. Me encandilaba el protocolo gestual del tío al preparar y servirse los alimentos. Aderezaba y salpimentaba las ensaladas y entrantes de tal forma que aquellos vegetales, verduritas o fiambres adquirían el valor añadido del antojo ajeno, lo cual –se me antoja- podía haber sido una sutil como persuasiva estrategia para que los chiquillos comensales no rechazaran los productos de la huerta que comúnmente no suelen ser de su agrado. El caso es que la lechuga con remolacha y zanahoria, junto a una porción de salchichón sobre rebanada de pan integral untado con mostaza y montadito por algún tipo de quesillo, era gloria bendita como preámbulo a la sopa enlocotada o perfumada con el néctar de la ulupica. Porque ésa es otra: a tío Celo le gustaba el picante y cuando en algunas ocasiones entraba a saco con los ajíes se le aguaban los ojos en señal de haber sido beneficiado con la mística del picante. Digo yo que de aquellos polvos vendrán estos lodos de mi regusto por los ardientes condimentos.

La sutileza de sus interrogaciones para conocer nuestras cuitas adolescentes siempre tenían una carga emotiva no exenta de fina ironía. Esa su extrema seriedad, que tan gratuitamente le hemos atribuido al calificar su carácter, se desvanece ante la evidente constatación en el tiempo de una elegante timidez para expresar su bondad en sus mesurados comentarios, en sus diplomáticos ademanes.

Otro rasgo característico que subyace en mi memoria fotográfica es la caligrafía tan exquisita del que era dueño. “Rara avis” de galeno al prescribir una receta. Era, no cabe duda, parte de su bien ejercitada elegancia ilustrada en sus posturas adoptadas ante circunstancias diversas. Ora para leer un libro, ora para escuchar música, ora para mirar una foto, cine o televisión, ora para olfatear cualquier fragancia, ora para palpar una textura; concentraba todos los sentidos con una acuciosa actitud inspiradora para catalogar mentalmente el producto de su afán perceptivo.

Ávido lector, errante enciclopedista, infinito escudriñador de la razón de las causas, no se avino jamás a los convencionalismos baratos, aunque nunca tampoco los desdeñaba. “Si crees que esa verruga se te caerá de la cara si, como te han recomendado, la frotas con la cáscara del plátano y tiras ésta al tejado, entonces hazlo”, solía aconsejar, aunque siempre tenía la alternativa disponible en una receta de la pócima efectiva que te brindaba sin petulancia alguna.

El practicismo de tío Celo ha sido una cualidad inalterable en el tiempo. A lo mejor sea la fórmula de la sencillez encarnada en un halo de autosuficiencia reservada sólo para las mejores personas. Pues él es un exponente de la sencilla brillantez en una personalidad atiborrada de cultura y tan reflexivamente ordenada que nunca dejó escapar la fealdad de un exabrupto o la incongruencia de la ira. “Es increíble”, “desmedido”, “desproporcionado”, “equivocado”, han sido algunos de los epítetos que han funcionado proverbialmente en su lenguaje sereno para redondear la expresión de alguna grande contrariedad. “Sensacional”, “fantástico”, “muy buena”, son vocablos empleados en sus lacónicas sentencias aprobatorias. Porque era así: directo y rotundo. ¿Para qué complicarse con florituras semánticas a la hora de sostener una conversación? Lo importante para él era escuchar. Escuchaba siempre con el respeto más profundo que llegaba a sorprender a su circunstancial interlocutor por su absoluta reserva en comentarios o pareceres inmediatos. Saber otorgar el beneficio de la duda es un ejercicio que normalmente no resulta muy fácil practicarlo, pero él mantuvo siempre muy bien entrenada esa disciplina, con lo que lograba articular sus opiniones, casi siempre matizadas con elocuentes sentencias.

Tío Celo ha versado su actuación siempre en lo políticamente correcto, de ahí la siembra de la duda afanosa si una personalidad como la suya podría haber traspasado alguna vez la fina línea roja que divide el humano desatino de las normas morales establecidas por el canon de una modélica convivencia. Particularmente creo que tío Celo más de una vez habrá sentido la necesidad de soltar amarras de paciencia para surcar mares tormentosos que anegaban su íntima vulnerabilidad. Dicho en buen romance: Celo, alguna vez en 100 años, habrá espetado un “carajo” o “mierda” con todas las consecuencias racionales que conllevan dichos epítetos. Si bien siempre se mostraba blindado por la razón consecuente, su intrínseca calidad humana le habrá llevado, con seguridad, a adoptar la más común de las posturas que el común de los mortales adopta.

Paco Sebastian Abela

No me puedo sustraer de verbalizar en pretérito la figura de tío Celo porque me pierdo en la lejanía del tiempo. 100 años son demasiados capítulos para configurar una historia de un héroe sobreviviente a la vida misma. En esta historia, el presente del indicativo paradójicamente es el ayer. Y hoy exprimo mi memoria para distinguir un escenario eminentemente profesional en el cual se desenvolvía el doctor Abela. Consultorio sencillo con la sobriedad escueta de lo que hoy denominamos un blanco roto, o sea, un albo lívido, asentado sobre un mosaico blanquiamarillo con cuadrículas negras. Escritorio simple con flexo luminoso de bombilla amarilla. Mejor media luz cálida en el ambiente que el frio baño de neón. Utensilios que hoy se me antojan de colección. Estetoscopios con matrícula alemana, vitrinitas “demodé” repletas de botellines, gasas, tijeras, pinzas y muestras. Enfermera vestida al uso característico de catálogo de los 40. Para mí, mayor. Con el pelo ondulado por delante y apermanentado por detrás. Cofia de reglamento y con la boquita pintada. Impoluta bata blanca cubría a esta enjuta cuarentona, cuya delgada figura descansaba en tacones medianos con los que se desplazaba a su trabajo desde el castillo que, a la sazón, se erguía por encima de la gruta, en la bajada de obrajes, donde, según me decían, vivía o sola o con su madre, no aseguro. Un asiento giratorio y una báscula neonatal formaban también parte del somero mobiliario de aquel consultorio al que acudí en muy pocas ocasiones, puesto que no era menester errumbar a sitio alguno, si tío Celo iría, con seguridad, a casa del pariente enfermo.

Tío Celo sabía como el que más resolver los problemas logarítmicos de la vida sencilla. En cierta ocasión, encontrábanse tejiendo mi madre, tías y alguna amiga en el cálido costurero de tía Angelita. Por allí andaba mi hermano Jaime Luís, a la sazón no con más de 5 años, cuando tío advirtió algo extraño en su comportamiento. Llamó al niño, lo puso entre sus rodillas, le tomó la cabeza y reparó en cierto color violáceo que envolvía el rostro del pequeño. Le abrió la boca, acercó lo que pudo su mirada y le dijo a mi madre: “déjame un momento ese ganchillo”. Mi madre obedeció de inmediato, abrió con fuerza la boca de Jaime Luís, introdujo en ella el ganchillo para retirarlo rápidamente, con tan depurada técnica, que salió éste enganchado en una flema frondosa que constituía el peligroso velo que taponaba la garganta del pequeño Jaime. El niño cambió de color y siguió jugando totalmente ajeno a una circunstancia extrema que tío Celo resolvió de forma quizás no muy ortodoxa pero sí muy expedita.

No era solo el proverbial celo con el que Celo ilustró su profesión, sino cualquiera haya sido su circunstancial ocupación tan bien dosificada en tiempo y espacios. La lectura, como elegante ejercicio, siempre circunscrita a un ámbito preciso y precioso que supo enmarcar en un escenario adecuado. No sé a ciencia cierta -no importa tampoco ahora- cuál era el género literario de su predilección. Su avidez a la lectura me propone suponer una miscelánea entre el suspense y la filosofía novelada sobre la base de los clásicos. Me imagino que no le importaba demasiado desligarse de la cuasi obligada ruta de transitar por los modernos “best selleres” para estar en la reconocida zona VIP de la intelectualidad de su época. No necesitaba brillar para encandilar a nadie. Lo suyo relumbraba para sí por la propia inercia de la lógica y la sencillez. ¡El camino más difícil para llegar a la sabiduría!

Insisto más en lo galano del galeno, en la fina estampa del caballero personaje, en la extremada timidez de su tan serio proceder, en su pulcra correría por campos que para él se nos antoja vedados. O sea, confieso mi convicción de que tío Celo es como cualquiera de nosotros, un ser de carne y hueso, con sus emociones abiertas y sus pecados esquivos; eso sí, con una paciencia de Job, un ordenamiento secuencial y un eterno ejercicio intelectual que le hace diametralmente diferente a nosotros. Ahí también está la suerte de quienes hemos gozado de su sombra cercana, de su refrescante compañía, de su serena y cordial vecindad, de su piedad para con nuestros abusos de confianza transitorios.

La fotografía, como entretenimiento para el enriquecimiento artístico a través de la dicotomía del blanco y el negro, de las luces y sombras, constituyó el requiebro al ocio productivo de su bien empleado tiempo libre de sorpresa y ensoñación. Como la vida misma. Como las almas benditas que se reconocen en el halo negativo de la película para positivarse y convertirse en el icono de un capítulo de una historia familiar, profesional, casual, discreta y sensitiva. En cualquiera de las muy escasas fotografías en las que aparece encontraremos a un doctor Abela siempre circunspecto, con aquel aire de intelectual norteamericano de los 60/70 (¿por qué evoco ahora mismo a Henry Kissinger?) no exento de traje y corbata aunque fuese en altiplánica locación ambiental. Incluso en otras tomas furtivas en la intimidad de su hogar, el doctor aparece pertrechado de chompas de punto vistoso, pantalones con “yankee” o bota pie coronando los calzados “Zamora” con impoluto cordón lazado, sillón isabelino de poltrona, tomo gordo en las manos y un sorprendido entrecejo fruncido asomando por la bien dotada montura de las lentes de leer y , asumo, para lejos. Así llenó mi madre una vieja maleta de retratos revelados artesanalmente por tío Celo en el laboratorio del patio de su casa en la Capitán Ravelo. Tío fungió de mago no solo como retratista, sino también como revelador gratuito del abuso familiar por el ahorro que suponía dejarle el carrete a él que llevarlo a la casa Kavlin, por ejemplo. Con paciencia, dedicación y sobre todo inusitado entusiasmo, el doctor Abela era un innato productor de ilusiones. Reparaba dolores, apaciguaba dolencias, sosegaba almas, aupaba las ilusiones y valoraba con un gran sentido crítico toda iniciativa que le fuera narrada y consultada. Desde su humilde opinión clarificaba los efectos de una determinada causa. Con prestancia e iluminado misticismo solía develar su entusiasmada colaboración a un proyecto de algún familiar o amigo. Fue así que en cierta y ya alejada oportunidad en que llegué de visita a su casa lo encontré trabajando en su escritorio particular. Ordenaba recortes de prensa y catalogaba escritos puntillosamente. A mi pregunta sobre esa su circunstancial ocupación, me invitó a pasar, cerró celosamente la puerta y me enseñó, orgulloso, una compilación de artículos publicados por su sobrino Carlos Mesa en distintos periódicos de La Paz. “Carlos apunta muy alto. Yo creo que va a llegar, aunque aún es muy impulsivo, pero creo que es producto de su juventud”, me dijo para confesarme que llevaba tiempo estudiando, a través de aquellos escritos, la personalidad de ese sobrino por quien sentía una particular devoción. Y Carlos llegó a la Presidencia de la República.

De ese modo acucioso tío Celo ha sido capaz de estudiarnos a todos. Bajo su particular prisma estoy seguro que nos ha catalogado a cada uno de sus allegados, sin ni siquiera puntuar valoraciones ni pautar posiciones; nos ha otorgado un sitial específico, individual, único y de muy alta responsabilidad. Nunca le escuché medir personalidades, tan solo las describía de manera tan sutil que dejaba para cada quien el trabajo selectivo en el baremo virtual de la selección social.

Uno de los más maravillosos capítulos de su centenaria existencia creo yo habrá sido el tiempo compartido con su amada compañera Angelita. Su “Nena” dulcificada de amor y consideración ha constituido -¡por supuesto!- su contraparte vital. El lado cóncavo de su convexa existencia. Su media naranja. Su postre total. Su soporte modélico para diseñar un camino ejemplar de glorificación a la vida, a sus hijos, a la suerte de un destino vinculado siempre a la vívida emulsión histórica de su largo paso por este mundo. “Lindo: ¿vas a querer queque de chocolate o vainilla?” “El que tu quieras darme, Nena… Y un poquito del de chocolate” ¿No es, acaso, entrañable incluso la irónica respuesta envuelta de tanta ternura hacia el respeto?

En tío Celo se representa un siglo apasionado de nuestra historia republicana. Sus ojos han visto pasar las procesiones sociales y políticas más variopintas y su memoria ha registrado el candor enciclopédico de un siglo atiborrado de pasajes diversos revestidos de sus claroscuros tradicionales. Como en aquella ocasión histórica en que siendo presidente Víctor Paz Estenssoro mandó llamar a tío Celo para que atendiese a una hija pequeña del mandatario que presentaba algún cuadro infeccioso de difícil remisión, por lo que aconsejó el Presidente al galeno Abela que avisara a su casa de su obligada reclusión en la residencia presidencial hasta que la niña curase completamente. Por otro lado, ¡cuántas veces ha fungido de biblioteca móvil ante el requerimiento de alguna duda conceptual! Ahí estaba siempre él. Receptivo total ante el desafío planteado por sus desinformados requirentes. También echaba un cable al sesudo devaneo angelical de su compañera en la sobremesa sabatina con gigante crucigrama. “¿Yunque de Platero?” “Tas”, sentenciaba por detrás de las páginas de su selectiva“ Presencia”. Si acaso se terciaba, entablaba discusión semántica con quien osara comentar a guisa de pregunta algún pormenor deducible del título de notica destacable de aquellas sábanas informativas.

Es harto difícil desempolvar recuerdos peregrinos y ordenarlos en una correlación formal de anécdotas y sucesos de quien ha ido y venido por encima de nuestro tránsito solamente de ida. Es mucha la distancia recorrida por tío Celo respecto de cualquiera de las nuestras. Su sabiduría, pues, es y será siempre más acaudalada por el viejo trajín que por la diablura de sus circunstancias existenciales.

Cecilio y Alex (Dic. 2011)

Cecilio y Alex (Dic. 2011)

Cumplir 100 años no debería comprender el cierre de un ciclo vital; mas al contrario, tendría que entenderse como el inicio de la más relevante epopeya que nos advierte de la consagración eterna a la vida, de aquella que tanto nos empeñamos en reducirla a la mínima expresión. Porque también entiendo por vivir la calidad adquirida para ello y prepararse para emprender el periplo de la eternidad, donde 100 años es nada aunque, reunidos en tío Celo, significa la constatación de lo bello que es vivir, de lo hermosa que es la vida y, fundamentalmente, de la ilusión de un por venir tan elegante y silenciosamente productivo tal como ha sido su divisa a su paso por este mundo.”

Paco Sebastián Abela

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